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SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS
(Apocalipsis 7:2-4.9-14; I Juan 3:1-3; Mateo 5:1-12)

 

Para casi todo el mundo, el Apocalipsis resulta extraño. Quizás hemos intentado leerlo sin mucho éxito. Si lo consideramos una profecía sobre una guerra final contra bestias extrañas, deberíamos replantearnos su propósito. El título mismo ofrece una clave para comprender su verdadero significado. La palabra «Apocalipsis» proviene de dos términos griegos: *apo*, que significa «quitar», y *kryptein*, que significa «cubrir». El propósito del Apocalipsis es retirar el velo que cubre la verdad de Jesucristo.

El Apocalipsis fue escrito durante la persecución de los cristianos a finales del siglo I. Los creyentes sufrían el martirio por negarse a adorar al emperador. Inspirada por el Espíritu Santo, la obra busca alentar a los creyentes a resistir la persecución y a adorar a Jesucristo como Señor. Revela la liturgia del cielo, en la cual participan los hombres y mujeres cuando asisten a la Misa.

Las pruebas de ello son contundentes, aunque sutiles. Todo comienza en el «día del Señor» (el domingo), el día en que asistimos a la Misa. Juan, el narrador, dice: «gracia y paz de parte de aquel que es, que era y que ha de venir»; una expresión muy similar al saludo que ofrece el sacerdote al comienzo de cada Misa. A continuación, Juan relata los pecados de las siete iglesias en Asia Menor, lo cual corresponde al acto penitencial. Luego, el anciano es llevado al cielo, donde ve un rollo —«escrito por dentro y por fuera»— que está sellado. Solo el Cordero, que es Cristo, puede abrirlo. El rollo contiene las lecturas bíblicas de la Misa, las cuales hablan de Cristo mismo.

Durante la liturgia celestial, se escucha la aclamación... «Santo, santo, santo...», tal como ocurre en la Misa. La primera lectura de hoy describe a quienes participan en esta liturgia. Los 144 000 hombres y mujeres pueden entenderse como los santos reconocidos formalmente por la Iglesia. El otro grupo, mucho más numeroso, puede verse como los santos desconocidos —quizás nuestros propios padres y abuelos— que vivieron amando tanto a su prójimo como a Dios. Existen otros paralelismos entre nuestra Misa y la liturgia revelada a Juan en el cielo, pero aquí mencionaremos solo uno más. Hacia el final del libro, un ángel declara: «Bienaventurados los invitados al banquete de bodas del Cordero». Estas son casi las mismas palabras que el sacerdote pronuncia antes de la Comunión en la Misa.

El libro del Apocalipsis revela la naturaleza de la Misa. Mucho más que una simple reunión de creyentes, la Misa es nuestra participación en la Eucaristía celestial. Junto con los elegidos a lo largo de los siglos, tomamos parte en la adoración eterna de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Puede que no siempre sintamos entusiasmo por participar en una liturgia eterna; es incluso posible que las liturgias nos parezcan tediosas. (¡Se dice que, en la Misa de beatificación del arzobispo Sheen, la procesión de entrada por sí sola duró cuarenta y cinco minutos!). Sin embargo, la liturgia del banquete del Cordero nunca podrá ser aburrida para quienes tienen la dicha de participar en ella.

Para empezar, tiene lugar en la eternidad, donde el paso del tiempo no existe. Podríamos concebir la eternidad de esta manera: en una canción, la cantante pregunta: «¿Es posible? ¿Has estado bailando toda la noche?». Para ella, el tiempo se ha desvanecido. Ya sea por amor a la pareja, al baile, o a ambas cosas, uno no siente más que alegría. Algo así es lo que se experimenta en la eternidad. Además, la liturgia no puede ser aburrida, porque nos sentiremos cautivados por aquellos a quienes veremos allí. Hoy en día, muchas personas esperan durante horas para ver, aunque sea un instante, al Papa o al presidente; en la liturgia celestial, ¿acaso no veremos a Jesús? ¿Y a su madre, María? Es más, nos reencontraremos con nuestros queridos compañeros que nos han precedido en el camino hacia la eternidad. ¡No habrá lugar para el aburrimiento!

Alguien podría preguntarse: ¿cómo podemos ser elegidos para la liturgia celestial? Es sencillo señalar el camino, aunque no se puede alcanzar sin esfuerzo. Para participar en el gran banquete de Dios, debemos vivir hoy las Bienaventuranzas del Evangelio. En otras palabras, debemos confiar en Dios como los pobres humildes, tener hambre y sed de una vida justa, y mostrar compasión hacia quienes están necesitados.

 


"Sr. Kathleen Maire OSF" <KathleenEMaire@gmail.com>


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