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LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
(Ciclo A)
31 de mayo de 2026
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Éxodo 34: 4b-6, 8-9; Daniel 3: 52-55; 2 Cor 13: 11-13; Juan 3: 16-18
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La Santísima Trinidad (A) |
1. -- Kathleen Maire OSF <KathleenEMaire@gmail.com>
2. -- P. Jude Siciliano OP <FrJude@JudeOP.org>
3. --
P. Carmen Mele OP <cmeleop@yahoo.com>

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1.
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La Santísima Trinidad
5/31/2026
Éxodo
34: 4b-6, 8-9;
Daniel 3: 52-55;
2 Cor 13: 11-13;
Juan 3: 16-18
Este gran misterio que celebramos hoy nos presenta con un gran desafío. No es solamente que la Santísima Trinidad es un misterio incomprensible. Aún más, es un desafío entender como este misterio toca nuestras vidas. La buena nueva es que la fe cristiano no consiste en una serie de teorías complicadas. Más bien, se entiende como unas cuantas realidades muy sencillas, pero muy grandes- capaces de transformar radicalmente nuestra vida y llenarla de sentido.
Estas realidades son expresadas en las relaciones que existen en la Santísima Trinidad. En pocas palabras, son estas: primero, Dios comunica con nosotros. No nos deja solos, sin dirección. Fue al extremo hasta mandarnos a su Hijo, “la Palabra hecha carne”. Dios sigue comunicando con nosotros por medio de la Sagrada Escritura, de los sacramentos, de los acontecimientos de la vida, y especialmente en nuestros hermanos y hermanas.
En segundo lugar, Dios está cerca. No tenemos un Dios teorético, lejos de nuestra realidad. Dios quiere estar en nuestra vida, compartiendo la totalidad de la vida humana, hasta el sufrimiento y la muerte. Establece con nosotros una relación personal. Es la idea que encontramos en la primera lectura: “Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel.” Dios existe en comunión y crea comunión allí donde se hace presente. Cuando experimentamos comunión, sabemos que Dios está presente.
Otra verdad es que nuestro Dios es un Dios que salva y no condena. Desde el principio del mundo Dios nos invita a la salvación. Por eso mandó a su hijo a la tierra y por eso sigue en nuestra vida con su Espíritu. Dios no nos ofrece una alternativa: o la salvación o la condenación. Dios solamente salva. Pero lo que pasa es que Dios no nos impone la salvación; se nos la ofrece como regalo. Nos invita a la plenitud de la vida, hasta la vida eterna.
Y finalmente, y más importante, Dios es amor. Su amor es infinito, sin medida y no depende de nuestra respuesta. Este amor no es solamente una promesa de lo que va a pasar después de la muerte. Nuestro Dios nos ofrece la posibilidad de crear aquí en el mundo una comunidad de hermanos donde existe su propia compasión y misericordia. Nos invita a vivir ahora la promesa de la eternidad, abriendo nuestro corazón según la manera de su propio ejemplo.
Creo que es esta realidad que la Iglesia nos quiere enseñar hoy. Las lecturas no nos hablan de la Trinidad, sino nos presentan la actividad de la Trinidad. Lo importante para nosotros es ver el resultado de la presencia del Espíritu. Como dice San Pablo a los corintios, “Hermanos: Estén alegres, trabajen por su perfección, anímense mutuamente, vivan en paz y armonía. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes.”
Si hoy, cada uno de nosotros toma un solo paso adelante para vivir con paciencia, con paz y con armonía, podemos decir que hemos visto la acción de la Santísima Trinidad. Si hoy, vemos más comprensión dentro de la familia, dentro de la comunidad, dentro de la parroquia, podemos declarar que Dios está aquí.
Kathleen Maire OSF <KathleenEMaire@gmail.com>
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2.
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LA SANTÍSIMA TRINIDAD (A)
31 de mayo de 2026
Éxodo 34: 4b-6, 8-9; Daniel 3: 52-55; 2 Cor 13: 11-13; Juan 3: 16-18
Por: Jude Siciliano , OP
Estimados predicadores:
Primero, un poco de contexto. Hoy se celebra la fiesta de la Santísima Trinidad. A primera vista, puede parecer una celebración inusual. Estamos acostumbrados a que las principales fiestas del año celebren acontecimientos específicos de la vida de Cristo: por ejemplo, la Natividad, la Pascua, la Ascensión. Pero la fiesta de hoy no se basa originalmente en un solo acontecimiento de la vida de Jesús. En cambio, surgió del deseo de la Iglesia de honrar el misterio de Dios revelado como Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Desde los primeros siglos, los cristianos ya oraban y bautizaban en el nombre de la Trinidad, como enseñó Jesús en Mateo 28:19.
“Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”
Los primeros credos de la Iglesia, especialmente el Credo de los Apóstoles y el Credo Niceno, tenían un profundo carácter trinitario. Los cristianos creían en un solo Dios, pero lo expresaban como Creador, Redentor y Santificador. En el siglo IV, importantes controversias teológicas obligaron a la Iglesia a clarificar su doctrina sobre la Trinidad, abordando cuestiones como la divinidad de Cristo o la del Espíritu Santo.
Los grandes maestros de la época, como Atanasio, Basilio, Agustín, etc., defendieron la doctrina de que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son iguales y eternos: tres personas en un solo Dios. En 325, los Concilios de Nicea y Constantinopla (381) contribuyeron a definir con mayor claridad la doctrina de la Trinidad. En nuestras celebraciones litúrgicas de hoy, recitaremos el Credo Niceno.
Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, el domingo después de Pentecostés. Esto es significativo: tras celebrar la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, nos detenemos a contemplar la plenitud de la vida interior de Dios, revelada a través de la historia de la salvación. Pero recordemos: la fiesta de la Santísima Trinidad no es simplemente una doctrina que se explica, sino un misterio que vivimos en nuestro día a día. Dios es una comunión eterna de amor, y estamos invitados a participar de ella a través de Cristo en el Espíritu Santo.
Antes de adentrarnos en la enseñanza del Evangelio, examinemos las huellas de la Trinidad en las Escrituras Hebreas. En la lectura del Éxodo, Moisés se encuentra con Dios en el monte Sinaí, tras la tragedia del becerro de oro. El pueblo había roto su pacto, pero Dios no los castiga, sino que les muestra misericordia.
Dios pasa ante Moisés y proclama su nombre y carácter: «El Señor, el Señor, Dios misericordioso y clemente, lento para la ira y rico en bondad y fidelidad». Este pasaje nos muestra que la Trinidad no es simplemente una doctrina sobre la vida interior de Dios, sino una revelación de quién es Dios para con nosotros.
La Trinidad enseña que Dios es una comunión de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Éxodo ya nos da indicios de ese amor divino. Hoy se nos recuerda que Dios es personal, compasivo, misericordioso y fiel. El Dios del encuentro de Moisés no es distante, vengativo ni frío, sino que desea la alianza y la cercanía con el pueblo elegido, a pesar de su resistencia. Los cristianos llegaremos a comprender que esta misericordia se revela plenamente en el Padre que envía al Hijo y en el Espíritu Santo que permanece con la Iglesia.
Observe la respuesta de Moisés. Se postra en adoración y le pide a Dios que permanezca con el pueblo. «Si hallo gracia ante ti, Señor, ven con nosotros. Este es un pueblo de dura cerviz, pero perdona nuestra maldad y nuestros pecados, y acéptanos como tuyos». La Trinidad no es simplemente una enseñanza que se explica; es un misterio al que estamos invitados. Nos adentramos en la vida de nuestro Dios mediante el perdón, la alianza y la comunión.
Así pues, nuestra lectura del Éxodo nos invita a entrar y celebrar la Fiesta de la Santísima Trinidad, revelándonos la verdad más profunda e íntima sobre Dios: la naturaleza de Dios es amor misericordioso, presencia fiel y comunión salvadora con la humanidad.
El evangelio de hoy presenta nuevamente el mensaje central de la Biblia: Dios ama al mundo. En lugar de castigarnos por nuestros pecados, Dios nos ama, nos libera de nuestra culpa y nos ofrece la vida eterna. El versículo inicial (3:16) resume todo el mensaje del evangelio: «Porque de tal manera amó Dios al mundo…». En pocas palabras, nos enfrentamos al misterio de quién es nuestro Dios y cómo ha actuado con nosotros. Si se reconoce un árbol por su fruto, entonces podemos conocer a Dios por lo que ha hecho por nosotros: nos ha amado y ha demostrado ese amor con el signo concreto de la vida de Jesús. El amor es lo que mueve a Dios a involucrarse con nosotros. Y más aún, Jesús nos dice que Dios quiere darnos la vida eterna ahora.
El pasaje del Evangelio de hoy corresponde a una conversación que Jesús tiene con Nicodemo. Jesús le dice que podemos confiar en él y en lo que nos revela sobre el amor de Dios, o podemos juzgarnos a nosotros mismos rechazándolo. Si confiamos en él, tenemos vida eterna. Solemos pensar en la «vida eterna» como algo que comienza en el momento de la muerte y continúa indefinidamente. Pero esa no es la definición de vida eterna en Juan. Jesús dice que los creyentes pueden «tener vida eterna». Habla en presente y nos ofrece el don de la vida eterna, ¡que comienza ahora mismo!
¿Cómo se manifiesta este don de la «vida eterna» en nuestras vidas? En primer lugar, es la unión con la vida misma de Dios. Experimentamos esa intimidad con Dios mediante nuestra unión con Cristo y el Espíritu Santo en el Bautismo. Esta unión nos libera del temor al juicio. En Jesús podemos contemplar la verdadera naturaleza de nuestro Dios, quien ya nos ama. Ahora vivimos en una nueva era y hemos pasado de la muerte a la vida. Para Juan, Jesús es nuestro don salvador en este momento presente, y a través del Espíritu, los creyentes podemos reconocer los dones que Dios ya nos ha dado. No por nuestros propios esfuerzos humanos, sino mediante nuestra fe, podemos tener optimismo, paz y gratitud a Dios. También podemos aceptar el desafío que la fe nos plantea: ser instrumentos de la paz y la reconciliación que Jesús ya nos ha concedido.
Ninguna imagen puede capturar la santidad y la grandeza de nuestro Dios. ¿Qué palabras pueden describirlo? Dios está más presente para nosotros que nosotros mismos. Dios está en la esencia misma de nuestro ser; la fuente de todo lo que somos y podemos hacer. La contradicción que debemos reconocer hoy en esta fiesta de la Trinidad es esta: cuanto más nos acercamos a Dios, más ajenos nos sentimos a nuestro mundo y sus costumbres. Cuanto más cercanos y cómodos nos sentimos con nuestro mundo, más alejados estamos del Dios que nos revelan las Escrituras.
Haz clic aquí para acceder al enlace con las lecturas de este domingo:
https://bible.usccb.org/es/bible/lecturas/053126.cfm
P. Jude Siciliano OP <FrJude@JudeOP.org>
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3.
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LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
31 de Mayo de 2026
(Éxodo 34:4-6.8-9;
II Corintios 13:11-13;
Juan 3:16-18)
Las lecturas de hoy se enfocan en uno de los misterios más profundos de nuestra fe cristiana. Desde casi el principio, la Iglesia ha proclamado al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como Dios. Con el tiempo, al Dios trino se le llamó “la Santísima Trinidad”. Durante ocho siglos hubo controversias sobre cómo se interrelacionan las tres personas. Todavía hay mal entendimiento de la doctrina. Entonces surge la pregunta: ¿por qué la Iglesia intenta tratar la Trinidad en la liturgia? La respuesta no es difícil: porque la doctrina de la Santísima Trinidad afecta cómo conducimos nuestra vida diaria.
La concepción judeocristiana de Dios difiere de las demás. La característica que más define al Dios de la Biblia no es el poder, sino el amor. Casi todos los pueblos primitivos creían que el mundo fue creado por dioses que batallaban entre sí. La cultura de Babilonia, donde el liderazgo judío fue exiliado durante medio siglo, ofrece un ejemplo típico. Los babilonios creían que la gran diosa Tiamat representaba todas las fuerzas del terror: las tormentas, los diluvios, la hambruna y la invasión de tribus extranjeras. Para defenderse del desastre, los dioses menores pidieron al gran dios Marduk que los protegiera de Tiamat. Marduk accedió a salvarlos con la condición de que se convirtieran en sus sirvientes. Entonces Marduk cortó el cuerpo de Tiamat en dos para formar el mar y la tierra. Una vez establecida la tierra, los dioses crearon a los hombres para soportar el yugo del servicio divino. De ninguna manera eran iguales a los dioses. No se veían como sus compañeros, ni portadores de su imagen, ni administradores de sus tierras.
La historia babilónica de la creación difiere completamente del relato bíblico. En la Biblia, el único Dios creó el mundo con la intención de permitir a los seres humanos, hechos a su imagen, cuidarlo. Con el tiempo, Dios les compartió su nombre para que pudieran invocarlo en la necesidad. En la lectura del Éxodo que escuchamos, Dios se revela a sí mismo como “compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. En otras palabras, Dios es amoroso.
El entendimiento de Dios como amoroso se expandió con la llegada de Cristo. El evangelio de hoy habla del “Hijo único” de Dios. Entre el Padre y el Hijo hay un gran amor. No obstante, el Padre entregó a su Hijo para salvarnos del pecado. Si es verdad que quien ama mucho, hace mucho, esta entrega por parte del Padre despliega su amor por nosotros. Como dice san Pablo: “Tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,38-39).
El amor entre el Padre y el Hijo se identifica como el Espíritu Santo. El Espíritu no es meramente un rasgo común del Padre y del Hijo como la fuerza. Más bien, es el amor dinámico que los une para siempre. Su amor mutuo se desborda a nosotros para hacernos santos como ellos.
La Santísima Trinidad es totalmente única. No se puede describir fácilmente. ¿Qué distingue a las tres personas? No es lo que piensan: los tres piensan lo mismo. Tampoco es lo que quieren: los tres quieren lo mismo. Ni es dónde están: donde está uno, están los otros dos. Ni es lo que hacen: lo que hace uno, lo hacen los otros dos. El único modo en que difieren es en sus relaciones entre sí. Uno es Padre; otro es Hijo; y otro es el Espíritu de amor.
La doctrina de la Santísima Trinidad nos sirve para recalcar la prioridad del amor en nuestra conducta. Así como el Padre ama a su Hijo y el Hijo al Padre, nosotros deberíamos amar a uno y otro.
P. Carmen Mele OP <cmeleop@yahoo.com>
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